¿Podrían haber desaparecido para siempre los grandes vinos de Montsant, Rueda o Terra Alta? A finales del siglo XIX, esa posibilidad planeó sobre el sector. Una plaga casi invisible, desconocida en los suelos europeos, amarilleó las cepas, hundió los rendimientos y desató la mayor crisis en la historia de la viticultura. Su nombre: filoxera.
La llegada de la filoxera, el insecto que cruzó el océano
La filoxera (Daktulosphaira vitifoliae) es un pulgón originario de Norteamérica. Allí, las especies silvestres de vid coevolucionaron con él, desarrollando estructuras radiculares y respuestas inmunitarias que limitaban los daños. Pero Vitis vinifera, la vid cultivada europea, no tenía esas defensas. Cuando el insecto llegó, probablemente a través de intercambios botánicos en la década de 1850, encontró en los viñedos de Europa un festín desprotegido.
A comienzos de la década de 1860 se confirmaron infestaciones en el sur del Ródano. Desde allí, la filoxera se extendió sin tregua por Francia y después hacia el este y el sur. Alcanzó Cataluña y La Rioja en la década de 1870, arrasando plantaciones. En Terra Alta y Montsant, las viñas en vaso tradicionales sucumbieron por miles. Pueblos enteros abandonaron la viticultura y se volcaron en los cereales o en la emigración.
Filoxera y el colapso de los viñedos europeos
La magnitud de la crisis desbordó cualquier cálculo. Francia perdió más del 40 % de sus viñas en una década; España, afectada más tarde, aun así sufrió un declive masivo en grandes DO en la década de 1880. Se arrancaron las plantaciones de Verdejo de Rueda; en Galicia perecieron antiguas cepas de Albariño. Según algunas estimaciones, se destruyeron más de dos millones de hectáreas de viñedo en Europa.
Los viticultores probaron de todo: espolvoreos con azufre, inundación de viñedos e incluso enterrar sapos vivos bajo las cepas, creyendo que extraerían el “veneno”. Los gobiernos ofrecieron premios a las curas; ninguna funcionó.
La resistencia al cambio radical fue generalizada. En Burdeos y Borgoña, las autoridades prohibieron el injerto durante años por temor a adulteraciones. Pero a medida que la crisis se agravaba y las economías locales se hundían, la urgencia se impuso al orgullo.
El injerto como solución frente a la filoxera
El botánico Jules Émile Planchon identificó primero al insecto radicícola como el vector de la enfermedad. El entomólogo estadounidense Charles Valentine Riley ayudó a confirmar su origen y sus patrones de resistencia. En colaboración con viticultores como Léo Laliman y Thomas Munson, emergió la solución: injertar Vitis vinifera sobre portainjertos americanos resistentes.
No fue una solución inmediata. Los primeros injertos fracasaron por incompatibilidades con los suelos. Los terruños franceses y españoles exigían rasgos específicos en los portainjertos: resistencia a la sequía en las calizas secas de Terra Alta; vigor alto y tolerancia a pH elevado en Rueda; resiliencia frente a hongos en las parcelas húmedas gallegas.
Con el tiempo, y gracias a combinaciones híbridas de V. riparia, V. rupestris y V. berlandieri, las vides injertadas empezaron a prosperar. La reconstrucción del viñedo arrancó con fuerza.
Elección de portainjertos y manejo a largo plazo de la filoxera
Hoy, casi todas las vides europeas crecen sobre portainjertos. Las vinifera en pie franco solo persisten en zonas aisladas y libres de filoxera, como arenales de algunas partes de Andalucía o suelos volcánicos en las Islas Canarias.
La elección del portainjerto se ha convertido en una parte esencial de la planificación vitícola. En España, los viticultores evalúan habitualmente:
- Profundidad y drenaje del suelo
- Contenido en caliza
- Tolerancia a la salinidad
- Resiliencia al estrés hídrico
- Control del vigor y compatibilidad con la variedad injertada
En Montsant y Terra Alta, portainjertos tolerantes a la sequía como 110R o 140Ru sostienen Garnacha Negra y Cariñena en suelos pobres y esquistosos. En Rueda, con sus gravas variables y pH alto, son comunes portainjertos como 41B o SO4. Cada elección equilibra riesgo, longevidad y un clima en evolución.
No se ha encontrado una cura química para la filoxera. La resistencia biológica, acompañada de una viticultura inteligente, sigue siendo la única solución. Y ni siquiera es garantía: en California, el portainjerto AXR1, muy utilizado, colapsó en la década de 1980 cuando nuevos biotipos de filoxera superaron sus defensas.
La filoxera hoy, riesgos vigentes y lecciones estratégicas
Más de un siglo después de la gran plaga, la sombra de la filoxera sigue marcando la viticultura. La revolución de los portainjertos cambió no solo cómo se plantan las viñas, sino cómo evolucionaron las regiones vitícolas. Algunas variedades perdieron peso durante las replantaciones; otras ganaron protagonismo. Surgieron zonas nuevas mientras otras se apagaban.
En España, el legado se aprecia en la diversidad de uso de portainjertos, la supervivencia de ciertas viñas viejas, especialmente en suelos libres de filoxera, y la investigación continua sobre la sinergia entre injerto y portainjerto. Para quienes cultivan hoy, la crisis recuerda algo claro: la naturaleza pone las reglas. La tarea de la viticultura no es controlar, sino adaptarse.
La elección del portainjerto, antes vista como una mera tecnicidad, es hoy una decisión estratégica. Y aunque el insecto que estuvo a punto de borrar los viñedos europeos está contenido, queda la pregunta: ¿qué plaga, enfermedad o choque climático forzará la próxima transformación?